| Boletin dominical - 27/06/10 |
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Boletin dominical - (27/06/10) La presente nota va dirigida más bien a los lectores jóvenes, especialmente para aquellos que no quieren exclamar el día de mañana: «¡Me estafaron y yo no lo sabía!». Te propongo como ejemplo a un joven llamado Daniel. Tú puedes leer su libro y sus increíbles profecías, muchas de las cuales se cumplieron aún antes de Cristo. Ahora quiero que notes lo que pasó cuando el rey de Babilonia deseaba algunos jóvenes de mente brillante, inteligentes, de buen comportamiento, que puedan ser parte de cuantos rodeaban y aconsejaban al monarca. ¿Qué hizo para hallarlos? Leamos Daniel 1:3-9. Nota especialmente los versículos 8 y 9: “Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; pidió, por tanto, al jefe de los eunucos que no se le obligase a contaminarse. Y puso Dios a Daniel en gracia y en buena voluntad con el jefe de los eunucos”. DANIEL SE PROPUSO EN SU CORAZÓN ¿Qué cosa se propuso él? “No contaminarse”. En el caso de él, era el alimento físico, todos esos manjares prácticamente irresistibles, especialmente para un joven sano y fuerte. Pero... ¿Acaso no es cierto que hay muchos otros “alimentos” para la vista, la mente, la lengua, las emociones y todo lo atractivo que un muchacho tan joven podría muy bien buscarlo, “gozarlo” y hasta justificar esos apetitos como... “naturales”? Al contaminarse con la pornografía que ahora viene a todo color, y está siempre al alcance de cuantos creen que en ello no hay nada malo, siempre y cuando “uno sea moderado”,¡oh, mi estimado joven, cuán ingenuo puedes llegar a ser! Pero tú tienes un recurso que otros jóvenes, de ambos sexos, quienes, tal vez sean condiscípulos tuyos no lo tienen y creen que “la vida hay que gozarla porque es muy corta”. Es cierto, pero... ¿Cómo gozarla? Cuando Daniel “propuso en su corazón no contaminarse” hizo exactamente lo que todo joven que desea ser sano espiritual, física y emocionalmente, debe hacer. Daniel no hablaba de su decisión con todo el mundo. Su costumbre era hablar con Dios en oración. Para lograrlo tuvo que superar algunas barreras: tuvo que convencer a su jefe, sus otros tres amigos y el resto de muchachos que fueron seleccionados para que se prepararan intelectual y físicamente a fin de comparecer luego de tres años ante el monarca. Daniel tenía que aprender el idioma, tenía que aceptar su nuevo nombre, que ya no sería Daniel (que significa «Dios es Juez»), sino Belsasar, que significa «Príncipe de Bel». A su vez, Bel era el nombre de un dios babilónico originalmente patrono de la ciudad de Nippur, pero que luego pasó a ser el segundo nombre del dios Marduk de Babilonia. ¿Le gustaba a Daniel este cambio? No le importaba nada, porque lo que abrigaba en su corazón y con quien trataba sus asuntos no era Bel, sino con Dios mismo. Inmediatamente Dios intervino y puso “a Daniel en gracia y en buena voluntad con el jefe de los eunucos”. Los manjares que Daniel logró rechazar, pueden compararse con las “delicias” que el mundo ofrece en la sexualidad irresponsable, las bebidas alcohólicas, las drogas, las brujerías, la pornografía en sus múltiples versiones, los juegos de azar, las revanchas, las armas de fuego para cuando estés un poco tomado para tener valor y hasta matar a otros sin darte cuenta. Tus amigos madrugaron para estafarte. La televisión se encargó de la seducción con sus comerciales y películas prohibidas para menores. Tu conducta es muy importante, para ti mismo, para tus padres, para la iglesia y para el Señor. Compareceremos todos ante Su tribunal, ¿y entonces? El mismo Señor te dirá: “Siervo malo y negligente”, o: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt. 25:21). Joven, tú decides, no solamente la eternidad (cielo o infierno), sino el grado que te corresponderá en el gobierno del Señor y por la eternidad. Hace muchos años un sabio dijo: «El que no sabe y no sabe que no sabe es un insensato. Apártate de él. ¿Quién es el que sabe todo? Nuestro Creador y Redentor. Jamás hallarás a un aliado mejor que el Señor del cielo. Medita en las palabras del Salmo 119:71, 72: “Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos. Mejor me es la ley de tu boca que millares de oro y plata”. J. A. Holowaty, Pastor Comentarios
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