| Rumores de voces extrañas |
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Rumore de voces extrañas Desde que el mundo es mundo, el hombre ha estado atento al rumor de voces. La mayoría de las veces el hombre sólo cree oír dichas voces. En muchas otras, las oye realmente. Después de la caída de nuestro primer padre Adán, oyó él, y su dulcinea Eva, “...la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día...” Dicha voz preguntaba: “¿Dónde estás tú?” (Gn. 3:8, 9). Al oír la voz del Señor con toda claridad, la pareja original huyó despavorida a esconderse detrás de algún matorral en un rincón del huerto. Al ser confrontados por Dios, el bueno de Adán respondió: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí” (v. 10). Adán tenía razón en lo que dijo. Mucha razón. Para beneficio nuestro el efecto en él de la voz de Dios hace obvia cuatro verdades: 1. La voz de Dios era claramente audible. 2. La voz le infundió miedo. 3. La voz propició que reconociera, por primera vez, que estaba física y moralmente desnudo. 4. Su reacción inmediata fue la de ocultar su desnudez escondiéndose. La reacción de la primera pareja no se hizo esperar, ni fue tampoco una excepción. Sus descendientes, los hombres de todas las generaciones, han seguido tras ellos cual caravana interminable oyendo a menudo la voz de Dios, pero siempre “jugando a las escondidas”. Por cierto, cada vez que la Biblia se lee o se predica, la voz de Dios irrumpe sonora en el ambiente. En ese sentido la Biblia es un libro de recursos renovables que reproduce cada vez, con inequívoca nitidez, la grabación de la voz del Dios viviente que aloja en sus páginas. Al igual que ayer, la Biblia ejerce hoy todavía su fuerza desnudante sobre el hombre moderno. Le muestra, como en un espejo, su rostro tal y cual es: “Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural” (Stg. 1:23). Desnuda ante él lo pecaminoso de su condición moral. El hombre de hoy, siguiendo la antigua tradición modelada por los primeros padres, se esfuerza habitualmente en ocultar sus fallas morales. Lo hace repetitivamente en una especie de reacción en cadena, espontánea, hereditaria, o genética si se quiere. Y tiene un éxito fenomenal en el ejercicio de ese cabildeo, pero solamente cuando trata de ocultar sus fallas de la vista de sus semejantes. La Biblia dice que, “...todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta”(He 4:13). En realidad, nada hay que el hombre pueda ocultar de la vista del Dios que todo lo ve. Dios, en efecto, es omnividente. Siendo que nada puede ocultarse ante su vista, la mejor alternativa del hombre es la de una admisión honrada a la que acompañe una confesión sincera de su condición vil. Nada gana tratando de ocultar la infame realidad de que es dueño. En cambio, muchos son los beneficios de una confesión sincera: perdón de pecados, reconciliación con Dios, nuevo nacimiento, salvación, santificación, glorificación, y un buen número de otros bonos, todos con valor eterno. Confesar es asentir, confirmar, estar de acuerdo con Dios en lo que él dice, y lo que él dice es que somos irremediablemente pecadores y crónicos transgresores de su santa ley. La forma como Dios ha expresado esta noción es que “...no hay justo, ni aun uno” (Ro. 3:10), y que todos nos descarriamos como ovejas apartándose cada cual por su propio camino: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Is. 53:6). Desafortunadamente, el camino del hombre conduce siempre a un fin sin esperanza, mientras que El Camino de Dios conduce siempre a una esperanza sin fin. La eterna verdad del proverbista estará por siempre vigente: “Hay camino que parece derecho al hombre, pero su fin es camino de muerte” (Pr. 16:25). Si en su desvarío o ignorancia alguno osa alegar que no ha pecado (y hay suficiente necios que porfían así), hace a Dios mentiroso con ello y su verdad no está en él: “Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (1 Jn. 1:10). Será siempre más provechoso para el alma descargarse con una sincera confesión, que embarcarse en la misión imposible de tratar de ocultar su horrible identidad. Se dice que Adolfo Hitler creía oír voces que lo llamaban a «redimir al mundo de sus angustias». Estas voces lo llevaron a concluir que los judíos eran la causa de los problemas del mundo y decidió exterminarlos. Es necesario que montemos guardia sobre las audibles «voces extrañas». Cual dardos de fuego disparados por el adversario de nuestras almas, pueden quemar en nuestras mentes los más aviesos pensamientos y conducirnos a las más degeneradas acciones. Voces extrañas escuchadas por el Führer alemán lo llevaron a gasificar seis millones de inocentes judíos en el más brutal, inmoral y nauseante holocausto humano. En el libro La mente de Adolfo Hitler su autor, Walter C. Langer, cita las palabras de Hitler: «Yo cumplo las órdenes que recibo de la Providencia. No hay poder sobre la tierra capaz de conmover ahora al Imperio Alemán, ya que la Divina Providencia ha querido que yo cumpla plenamente la obra germánica... si la voz me habla, entonces sé que el tiempo de actuar ha venido». De ahí el peligro de escuchar y dar crédito a voces extrañas porque fácilmente conducen a la delusión. El desquiciado líder alemán no sólo creía oír voces extrañas, sino que osaba describirse a sí mismo adueñándose de las palabras del predestinado Juan Bautista: «Yo soy la voz que clama en el desierto», decía. ¿Podría el maquiavélico alemán sufrir de peor delusión? Estando un día sentado a la mesa rodeado de amigos en un lugar público, Hitler de repente se levantó alegando que «oía voces que lo llamaban». Pero no será del todo sensible sentarse en la silla de escarnecedores para ridiculizar al Führer alemán o para enjuiciarlo como destornillado y demente. De que hay voces extrañas que hablen y que su rumor se escuche, no debe cabernos la menor duda. Jesucristo mismo habló de este fenómeno cuando afirmó que sus ovejas oían su voz y la seguían porque la identificaban como proviniendo de él. Añadió además que sus ovejas “al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños” (Jn. 10:5). Ciertamente, hay voces que proceden de fuentes extrañas. La Escritura advierte contra la de los falsos profetas que vendrían al mundo hablando lisonjas para desviar al hombre de la verdad. Hay que tener el oído aguzado y muy santificado, bien lubricado con el óleo del Espíritu Santo para poder precisar cuando una voz es extraña o cuando procede del Pastor salvador. Cuando decimos “Pastor”, nos referimos al Pastor con mayúscula, al Buen Pastor, Cristo Jesús. En el Nuevo Testamento hay sólo un “Pastor” y un Pastor solo (mayúscula y singular) y muchos “pastores” (minúscula y plural). Jamás será apropiado en una iglesia local que algún mortal de en medio de ella se arrogue el título de «El Pastor». El profeta Isaías dice: “Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha, ni tampoco torzáis a la mano izquierda” (Is. 30:21). Sus palabras cobran una actualidad enorme siendo que nuestra época se caracteriza por todo un elenco de voces y de rumores extraños y por hombres ingenuos que las escuchan y las siguen. El resultado cumulativo de este extravío masivo es el caos religioso, la confusión moral, la bancarrota espiritual, la convulsión social, el aventurismo político y el debacle económico en que la humanidad se ha atollado. Isaías insiste en que no debemos seguir voces extrañas ni por la derecha ni por la izquierda. El profeta ve que la senda recta, la que no tuerce, es la segura. Sí, lector nuestro, el camino recto ha sido, es y seguirá siendo como dice Proverbios 4:18: “Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto”. Exhortamos a quien lee estas líneas a hacer una pausa en su agitada vida. Le urgimos relojear los múltiples caminos y sopesar con escrutinio las disyuntivas que estos presentan. Le animamos a preguntar solícitamente por las “sendas antiguas” y a investigar “cuál sea el buen camino” para andar por él y hallar descanso para el alma: “Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma...” (Jer. 6:16). El ajuste no podía ser más preciso y providencial, ni la iluminación más certera. Es precisamente en esa coyuntura que Jesús se inserta para subrayar la verdad pivote de su cristianismo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6). Como pastor de almas Jesús también ha reclamado ser “el buen pastor” que ofrenda su vida en procura de la salvación de sus ovejas: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (Jn. 10:11). ¿Está su oído sintonizado a la voz del auténtico Pastor? Entonces... ¡a seguirle! Es todo lo que Él le pide, que le siga. Porque Él dijo: “...el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8:12). ¿Quién optará por continuar dando tumbos en las tinieblas pudiendo caminar en la Luz con firme pie? Luz para andar sin tropiezos en el oscuro laberinto de esta vida. Luz durante el tránsito efímero a través del “valle de sombras de muerte”. Y luz boreal que asoma con timidez, pero con certeza en el despuntar de la aurora del nuevo día en la presencia sublime de Aquél que nos espera del otro lado del río. Cuando Dios ordenó el nacimiento del cosmos decretó con autoridad: “Sea la luz; y fue la luz” (Gn. 1:3). Allá en el lugar iluminado por el sol de Justicia quedan sustituidas, por innecesarias, “las dos grandes lumbreras”; “la lumbrera mayor” que señorea en el día, y la “lumbrera menor” que señorea en la noche; y “también las estrellas”: “Y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así. E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas. Y las puso Dios en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra” (Gn. 1:15-17). En el país del Señor no habrá ya más SOL, ni ninguna otra fuente que genere luz y calor, sino que reinará supremo y exclusivo con el brillo de más refulgencia el SOL de Justicia. Ya lo expresó la Escritura: “No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos” (Ap. 22:5). Y... ¿sabe qué?, en la ciudad de Dios, ¡jamás se escuchará el rumor de voces extrañas! No hay tristeza en el cielo Comentarios
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